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Cómo manejar la frustración

Cómo manejar la frustración

793 527 Elena González Morujo

Adaptarnos al ritmo de otros, tener paciencia, esperar a que llegue nuestro turno, que nos digan que no, que queramos algo y no lo consigamos, que nos guste alguien y no seamos correspondidos… Todas estas son situaciones que activan nuestra resistencia a la frustración en mayor o menor medida.

¿Qué tal te llevas con este sentimiento?

¿Te cuesta adaptarte al ritmo de otras personas? ¿Insistes y buscas las vueltas para que algo funcione, aunque la situación no suela cambiar mucho? ¿Te indignas, te enfadas y te cuesta aceptar un no por respuesta?

Si has respondido que sí a alguna de estas preguntas es que te cuesta manejar la frustración.

Cuando la frustración te resulta difícil de digerir, es probable que desarrolles una conducta de resistencia e insistencia. Por ejemplo, sigues en una relación en la que ves que el otro no te da lo que tú quieres, y tú, en lugar de aceptarlo y decidir si quedarte o irte, trabajas mucho para cambiarlo.

O te cabreas, pierdes los papeles y te indignas cuando algo no sale según lo que habías previsto.

O bien los demás te parecen demasiado rápidos, o lentos, o vagos, o desconsiderados…, por lo que sueles preferir hacer las cosas tú solo.

¿Qué hay debajo de estas reacciones?

A veces, todo este tipo de situaciones suponen simbólicamente algo más allá de lo que está en juego en la situación en sí. Es decir, hay estructuras psicológicas más profundas que tienen que ver con la autoestima y que son las que están motivando ese tipo de sentimiento y reacción.

Te muestro algunas de ellas:

La prepotencia

En ocasiones, sobrestimamos nuestra capacidad para resolver o conseguir ciertas cosas. Y esto, lejos de ser algo positivo, va a provocar que sintamos frustración muy a menudo.

Muchas veces esta prepotencia es inconsciente y no te vas a reconocer a ti mismo como tal. De hecho, es una etapa normal en el desarrollo psicológico, esa en la que los niños te dicen: «¡Yo puedo contigo!, ¡mira qué fuerte soy!», y tratan de levantarte en brazos.

Esto es bueno: sentirse fuerte, poderoso y con sensación de control sobre el mundo. Lo malo viene cuando nos quedamos anclados ahí, con esa idea infantil en la que crees que todo depende de ti si te esfuerzas lo suficiente. Sin embargo, conforme vas madurando ya ves que no todo va a depender de ti, que tienes que incluir al otro: sus ritmos, sus formas y sus métodos.

Aquí uno siente que se juega la sensación básica de poder y autoestima. Conseguir algo se convierte en un reto personal, en un «por mis narices que esto lo consigo», pero esta es una lucha infantil, porque ¿de verdad te merece la pena tanto esfuerzo para lo que vas a lograr?

Sentimiento de rechazo cuando otros dicen te dicen que no

Aquí entramos en terreno vulnerable, porque la aceptación es una de las mayores necesidades que tenemos todos los seres humanos. Por tanto, cuando otro nos dice que no o no nos corresponde, lo sentimos como un rechazo muy profundo (sobre todo si tienes una herida infantil al respecto). Y es ese intento de evitar sentirnos rechazados lo que nos empuja a intentarlo una y otra vez de distintas formas.

Egocentrismo

Igual que la prepotencia, el egocentrismo es una etapa natural del desarrollo de la persona. Cuando somos niños, todo lo medimos desde nuestro punto de vista y desde nuestros deseos y necesidades; no podemos hacerlo aún de otra forma.

Por eso, si te has quedado anclado en esa etapa, te puede costar adaptarte al ritmo de otros o encajar sus puntos de vista si son diferentes a los tuyos. A veces te indignas, te enfadas, te impacientas y criticas al otro. Te lo tomas como algo personal, como si te lo estuvieran haciendo a ti.

¿Qué hacer?

Los antídotos para manejar la frustración son el desapego, medir los ingresos y beneficios y hacerle un hueco mental y emocional al otro.

El desapego

Consiste en poder entender que cada situación a la que te enfrentas no tiene por qué ser algo personal. Que puedes desear algo que sea importante para ti e inviertas energía en conseguirlo, pero sabiendo que ese algo no es imprescindible y crucial en tu vida. Ponte en esta situación: fíjate en la cantidad de personas que siguen viviendo después de un despido, un divorcio, la muerte de sus seres queridos, la pérdida de un miembro del cuerpo o de facultades mentales.

No conviertas en luchas de vida o muerte lo que no lo son. Y un buen esquema mental de afrontamiento para estas situaciones es repetirte: «Esto es importante, pero no crucial».

Medir ingresos y beneficios

Al hilo de lo anterior, si consideramos algo como crucial (aunque en realidad no lo sea) vamos a invertir cantidades ingentes de energía en conseguirlo y, además, lo haremos a ciegas, porque lo único que vemos es el objetivo y no todo lo que hay que poner en el camino a cambio de ese premio. Por ejemplo, quieres conseguir un ascenso en el trabajo y ya llevas varios años en los que te estás esforzando, haciendo horas extra, diciendo que sí a todo, llegando tarde a casa o trabajando los fines de semana… ¿Hasta cuándo vas a estar así? Objetivamente, ¿te merece la pena?, ¿te has puesto un límite de tiempo para seguir intentándolo?

A lo mejor el ascenso es un subidón para tu autoestima y tu necesidad de reconocimiento, pero también puede suponer una pérdida en cuanto a tiempo libre, responsabilidades y estrés.

Hacerle hueco al otro

Necesitas salir del esquema (a veces muy enterrado en el inconsciente) de: «Mi manera es la mejor» o «Yo tengo razón», porque esa suele ser una de las principales causas de la frustración. No concebimos otra forma de hacer las cosas y nos mantenemos rígidos en nuestra postura, defendiéndola a capa y espada.

Y también necesitas hacer hueco a todo aquello que no depende de ti, como son las condiciones meteorológicas, los accidentes inesperados o cualquier otra circunstancia de la vida.

Por todo esto, como ves, ser capaz de tolerar la frustración es un rasgo importante y fundamental para vivir en paz con los demás y contigo mismo. Porque el puro diseño social y la diversidad intrínseca a la naturaleza humana te obligarán una y otra vez a tener que ser flexible y colaborar con los demás.

¿Te has visto o reconocido en alguna de estas situaciones? Me encantará leer tus experiencias en los comentarios.

Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

Todos los relatos por:Elena González Morujo

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Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

Todos los relatos por:Elena González Morujo