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La brújula de la vergüenza

780 384 Elena González Morujo

La vergüenza es una emoción de la que se habla poco, quizá por su propia naturaleza y su tendencia a ocultarse y a esconderse. Sin embargo, es una sensación muy habitual y común. De hecho, durante mucho tiempo (y aún hoy) se ha provocado vergüenza en los niños como forma de disciplina.

Sin embargo, esto tiene un alto coste, ya que es una de las sensaciones más desagradables y aversivas que podemos sentir.

La consecuencia de educarnos utilizando la vergüenza es que se construyen unos cimientos psicológicos débiles, temblorosos y solitarios.

Sentimos vergüenza muy a menudo, pero no nos han enseñado a reconocerla ni a gestionarla. Por ejemplo, cuando no le decimos a alguien lo que sentimos por él por miedo al rechazo, lo que subyace es vergüenza. Lo mismo ocurre cuando nos reprimimos las lágrimas y la emoción de la vulnerabilidad, o cuando nos fustigamos por los fallos que hayamos podido cometer.

Pero ¿qué hacemos cuando la sentimos?

Nathanson, dentro del campo de la psicología social y la justicia restaurativa, formuló un modelo que representa gráficamente las distintas tendencias de acción que solemos utilizar. Es la brújula de la vergüenza.

Cuando alguien hace algo que es cuestionable desde el punto de vista social o moral, suele responder con alguna de las siguientes conductas o con una combinación de varias de ellas:

1. Negación: no reconozco que he hecho algo malo; niego que haya ocurrido o trato de anestesiarlo mediante fármacos o drogas. Por ejemplo, en el polo más extremo de esta reacción estaría la disociación y el olvido de sucesos traumáticos, como puede ser un abuso.

2. Ataque a mí mismo: me critico, me castigo y me culpabilizo. A nivel simbólico, sería algo así como cumplir una penitencia por haber cometido un pecado. Por ejemplo, he hecho una entrevista de trabajo en la que no he estado muy bien y quizá un poco torpe, así que me digo a mí mismo que soy tonto y que no valgo para nada.

3. Ataque a los demás: en lugar de responsabilizarme del efecto de lo que he hecho, dicho o pensado, proyecto la culpa en los demás. Por ejemplo: «Es que si no me hubieras enfadado de esta manera, no te habría pegado».

4. Aislamiento: esconderse, ocultarse y evitar contactar con los demás también es una reacción habitual. Si yo pienso que algo que creo, siento o hago es vergonzoso, trataré de ocultarlo para evitar el rechazo social.

¿Cuál es el problema de reaccionar así?

Quizá hayamos etiquetado como vergonzoso y negativo aquello que no lo es en absoluto, como, por ejemplo, tener necesidad de cariño, sentir vulnerabilidad, miedo o incluso entusiasmo y alegría.

La vergüenza es algo que se aprende de forma condicionada, según lo que hayan hecho otros con nosotros. Por ejemplo, si a mi alrededor reinaba un clima emocional triste y lleno de temores, es muy probable que me sienta culpable y avergonzado al sentir alegría. No me siento en el derecho de hacerlo y tengo miedo a represalias.

Pero, sobre todo, la principal consecuencia de utilizar estas estrategias es que no hay una restauración de la situación ni de la fortaleza de la persona.

Acciones que nos permiten crecer:

  1. Aceptar la situación: el hecho de que no miremos no hace que algo desaparezca. Solo podremos solucionar un problema si reconocemos que existe.
  2. Respetarnos: debemos hablarnos con comprensión y compasión. Si hubiéramos sabido hacerlo mejor, estoy segura de que lo habríamos hecho. No seamos tan sobreexigentes.
  3. Responsabilizarnos: siempre es positivo restaurar el mal que hayamos hecho, pero sin castigarnos a nosotros mismos. Asumir nuestra parte y repararla en la medida de lo posible.
  4. Compartirlo: a veces te puede sorprender cómo otras personas sufren lo mismo que tú, y sin embargo creías que no había nadie más en el mundo que lo viviera así. Airear la vergüenza nos libera.

El antídoto de la vergüenza es compartirla con otras personas que sean sensibles y respetuosas con ella. Lo que nos ayuda es poder verbalizarla, mostrarla para que se airee y la podamos liberar.

 

Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

Todos los relatos por:Elena González Morujo