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La economía de caricias

La economía de caricias

640 479 Elena González Morujo

El psicólogo norteamericano Claude Steiner define caricia como «cualquier estímulo que se puede intercambiar entre dos o más seres vivos», por ejemplo: un saludo, un toque en el hombro, una sonrisa, un beso, un abrazo, un halago, un insulto, un bofetón... Cualquier cosa. Hay distintos tipos: positivas y negativas; condicionales (se dan a cambio de algo) e incondicionales (se dan simplemente por existir); también las hay físicas, simbólicas, verbales...

Una caricia positiva, en este contexto, es el «alimento» que nos permite sobrevivir a nivel psicológico, al igual que la comida lo hace a nivel físico. Y la «alimentación psicológica» es tan importante como la física.

¿Has oído hablar sobre el síndrome de hospitalismo de René Spitz? Este psicoanalista descubrió que los niños que vivían en instituciones estatales en las cuales los alimentaban y vestían, pero no los abrazaban, ni acunaban, ni hablaban cariñosamente presentaban retrasos en el crecimiento físico e intelectual, incluso algunos terminaban muriendo. Estos niños no recibían caricias positivas.

Sin llegar a ese extremo, cada día puedo constatar con mis pacientes en la consulta, o en mis propias relaciones personales, que las caricias positivas escasean. Esto tiene una explicación: se debe a lo que Claude Steiner denominó: Normas en la Economía de Caricias, que son como normas tácitas que a menudo seguimos sin ser conscientes, pero que no nos benefician en absoluto. Mira a ver si alguna de ellas te resulta familiar:

  1. No des las caricias positivas que quieras dar. Puedes justificarte de muchas maneras: «Me van a llamar pelota», «se pueden reír de mí», «a ver si van a malinterpretarme»...
  2. No pidas las caricias que quieras y necesitas. Puedes argumentar cosas como: «Si me quisiera, debería saber lo que me gusta y dármelo», «no es educado pedir las cosas, es mejor esperar»...
  3. No aceptes caricias, aunque las quieras. Ocurre cuando te hacen un halago y lo minimizas o lo devuelves, por ejemplo:

— ¡Qué guapo/a estás!

— ¿Sí? Ay, si llevo unos pelos...

O también:

— Gracias por estar ahí cuando te necesito.

— Los amigos debemos hacer estas cosas...

  1. No rechaces las caricias que no quieras recibir. A veces recibimos caricias que no queremos y, aún así, nos las «tragamos». Pueden ser descalificaciones que vienen bajo el disfraz de crítica «constructiva», o bien halagos aparentes (más difíciles de rechazar), como: «Eres una persona muy fuerte, puedes con todo...».
  2. No te des caricias a ti mismo. Sobre todo, no te reconozcas públicamente aquello que haces bien o que te gusta de ti. Si lo haces, seguramente pienses que «menudo creído», que «las cosas buenas tienen que decírtelas los demás», o que «no hay que ser arrogante»...

Ya ves que tenemos permiso para quedarnos con todo lo malo, pero lo bueno no podemos ni pedirlo, ni aceptarlo, ni proporcionárnoslo nosotros mismos... Así que solo nos queda quedarnos «a verlas venir», a ver si alguien quiere ofrecérnoslas. Pero... ¡si tampoco teníamos permiso para darlas, no?

¿Entonces, qué hacemos? Steiner proponía un cambio de marco que permitiera el libre fluir de caricias.

La Nueva economía de caricias dice:

  1. Da todas las caricias positivas que quieras. Porque es lo que más nos gusta escuchar y porque si alguien las rechaza es asunto suyo. ¡No te guardes algo tan bonito dentro!
  2. Pide las caricias que necesites. Te sorprenderá ver que, a menudo, los demás están deseando dártelas, y si no, asúmelo y vete a otro sitio donde sí te las den. Y cuidado con el «si me quieres, adivínalo» porque es muy traicionero... Lo que para ti es obvio, para la otra persona puede ser algo muy diferente, cada uno te dará lo que él considera mejor... Por ejemplo, un bocadillo de jamón pensando que tienes hambre, cuando lo que tú tienes es sed y quieres un vaso de agua...
  3. Acepta aquellas caricias que quieras. Porque la humildad extrema no es buena y porque eso que te halagan es algo que te pertenece. Si alguien te llama «creído», probablemente sea por envidia y no puedes luchar contra eso.
  4. Devuelve aquello que no quieras. Si te dicen «qué fuerte eres, puedes con todo», amablemente puedes contestar: «Sí, soy fuerte, pero no siempre... A veces también necesito poder ser "blandito" y que alguien me ayude».
  5. Reconoce y valora tus aspectos positivos: es justo y lo mereces. Si lo puedes hacer con otras personas, ¿por qué no hacerlo también contigo mismo?

En definitiva, en estos tiempos de cambio, te propongo recuperar las «lecciones» de Steiner. Porque no es verdad que haya escasez, sino que somos nosotros quienes la creamos sin querer. Así que, ahora puedes decidir, puedes tomar estas herramientas y construir una nueva forma de conectarte con los demás.

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Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

Todos los relatos por:Elena González Morujo

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Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

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