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Los psicólogos también lloran

Los psicólogos también lloran

800 350 Elena González Morujo

La psicología es una profesión que despierta simpatías y desconfianzas casi por igual. Hay tantos mitos, creencias y prejuicios respecto a cómo somos y qué hacemos en terapia los psicólogos que hoy me dispongo a hablarte de mi propia experiencia como profesional para responder a las dudas y comentarios que más habitualmente me hacen mis pacientes o la gente de mi entorno más cercano.

«Económicamente, a ti te interesa que tus pacientes dependan de ti el máximo de tiempo posible, ¿no?».

No, no me interesa en absoluto, pues eso para mí sería un fracaso ético y terapéutico. Muy al contrario, mi trabajo consiste en ser una red de apoyo temporal para que la persona pueda construir la suya propia en su propio contexto, con su pareja, sus amigos, sus familiares...

El éxito y la calidad reside en ayudarles a que desarrollen su propia autonomía y en que, pasado un tiempo, no me necesiten más. Si yo les he ayudado, no tendré que manipular a nadie para seguir teniendo trabajo, sino que serán mis propios pacientes, satisfechos con los resultados de la terapia, los que hablen de ello y me recomienden a otras personas.

«Pero, si tú eres psicóloga, ¿cómo te pones así?».

Ser psicólogo no tiene nada que ver con ser inhumano, al contrario, tienes que estar muy a gusto y muy familiarizado con las emociones, y qué mejor manera que experimentándolas en tu propia piel. Por supuesto que lloro, tengo miedo y me enfado. He vivido rupturas amorosas, problemas familiares, y también tengo discusiones con la gente de mi entorno y preocupaciones que a veces no sé resolver.

Siempre les enseño a mis pacientes que han de aceptar todo lo que surja en ellos, porque la clave no está en dejar de tener y sentir todo eso, sino en saber recomponerse, en saber volver al equilibrio, en no dejar que el sufrimiento dure más de lo que le corresponde. Y también en saber pedir ayuda si sola no puedo resolverlo.

En ocasiones veo una especie de apología del no sentir, de dejar de tener miedo, ansiedad o tristeza, como si eso fuera lo ideal. Pero el ser impasible y no expresar tus sentimientos no es la meta, no es un objetivo a alcanzar, todo lo contrario: es un problema psicológico llamado alexitimia.

Yo lloro, y mucho, yo me enfado, y mucho... Hago todo lo que pida mi cuerpo para volver a recuperar el equilibrio.

«Los psicólogos están todos locos».

Pues mira, locos no, pero para mi trabajo sí que es necesaria una pizca de locura entendida como una mentalidad muy abierta, muy flexible y muy familiarizada con lo que está fuera de la norma y del camino establecido... Porque, al fin y al cabo, es con lo que trabajamos cada día, ¿no?

«Te llevas los problemas a casa, ¿no?».

No, no es del todo así. Los problemas que trato no limitan mi vida diaria, pero importarme me importan mucho. Y me acuerdo de mis pacientes entre semana o en algunas fechas que sé que son señaladas para ellos.

Cuando estoy frente a otra persona, ten por seguro que mis cinco sentidos están puestos a su servicio. Y se crean lazos, por supuesto, pero es por pura humanidad.

Como decía mi supervisora: te vacías de ti mismo para permitir que el mundo del otro entre. Pero luego tienes que volver a llenarte de ti cuando sales por la puerta de la consulta. Si no, llegará un día en el que de poco podrá servir tu ayuda.

«¿No te afecta escuchar siempre los problemas de los demás?».

Salvando mucho las distancias, esto es como decirle a un mecánico: «¿No te afecta ver todos los días coches estropeados?». El mecánico que está feliz con su trabajo seguramente te respondería: «¡En absoluto! ¡Disfruto arreglándolos!».

Mi trabajo no consiste en escuchar problemas pasivamente desde mi sillón, sino en colaborar con quien tengo enfrente para que pueda superarlos. Y eso es muy positivo, es muy buena noticia, porque la desgracia deja de serlo cuando empieza a fraguarse la solución.

«Tienes que marcar bien la distancia entre terapeuta y paciente».

Esto lo escuchábamos en la universidad. La experiencia me ha demostrado que eso solo puede decirse de forma teórica cuando estamos estudiando y todo parece que encajará en perfectos diagnósticos y sesiones terapéuticas. Pero, por poco que uno sepa de neuropsicología, sabe que uno de los medios que mejor ayuda a las personas a superar su malestar es, precisamente, la conexión con otro ser humano.

Se sabe que, muchas veces, las técnicas o la orientación teórica que use el terapeuta no es lo que cura y favorece la mejoría, sino más bien su capacidad de ser receptivo, de escuchar con compasión, con presencia y seguridad.

Y eso es conexión y no se puede hacer de otra forma. La distancia solo implica que, por ejemplo, yo no salgo a tomar algo con mis pacientes ni les cuento mis problemas. En este sentido,

efectivamente, no es una relación bidireccional, pero yo no estoy de acuerdo en que haya que establecer distancia para marcar un rol o parecer más respetable.

Espero que mis respuestas te hayan servido para aclarar algunas preguntas que quizás tú también te estuvieras haciendo con respecto a lo que supone hacer terapia, o te hayan ayudado a entender un poco mejor en qué consiste el día a día de un psicólogo.

Estos han sido solo unos pocos ejemplos, estoy segura de que tú tendrás otros diferentes: déjame tu comentario o contacta conmigo personalmente para resolverlos. Me encantará poder ayudarte y despejar tus dudas.

 

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Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

Todos los relatos por:Elena González Morujo

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Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

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