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Manejar la incertidumbre

935 623 Elena González Morujo

De entre todas las emociones que los seres humanos llevamos mal, la incertidumbre es una de las grandes candidatas al primer puesto.

A veces no la puedes ni aguantar; te puede la angustia, el no saber y el hecho de que haya tantos caminos abiertos en los que no ves el final. Desde luego, en esos caminos todos nos sentimos profundamente vulnerables.

Sin embargo, la incertidumbre es el espacio en el que ocurren las cosas que nos importan, el lugar en el que tiene cabida el crecimiento. Ya sabes, como cuando éramos pequeños y nos dolían las rodillas porque teníamos una «crisis de desarrollo».

En ocasiones (por no decir casi siempre), crecer duele y nos hace pasarlo mal, pero también hay momentos en los que nosotros, sin querer, aumentamos ese sufrimiento porque tratamos de luchar contra lo que es inevitable.

Algunos de los esquemas mentales y de afrontamiento de la incertidumbre que aumentan el malestar podrían ser:

  • No soporto la incertidumbre, todo lo quiero controlar.
  • Me centro en anticipar todas y cada una de las opciones y los resultados posibles que me voy a encontrar.
  • Ante situaciones inciertas, creo escenarios mentales negativos donde anticipo resultados terribles (más dramáticos de lo que probablemente sean en la realidad) para los que aún no estoy preparado. Entonces, la emoción que siento es también abrumadora y no soy capaz de dar ningún paso.

Y es que, cuando nos invade la incertidumbre, nuestro cerebro pone en marcha una serie de simulacros mentales de las distintas opciones que podrían darse. Tratamos de anticipar el futuro y sus posibles riesgos para que, de esta forma, sintamos que estamos más preparados para afrontarlos, aunque esto sea solo una ilusión.

Esta estrategia de anticipación es un mecanismo adaptativo que nos ayuda a ensayar posibles respuestas antes de darnos de bruces con la situación real. Pero, por otro lado, ahí también está la trampa: los ensayos tienen un límite y, después, en el día del estreno pueden aparecer imprevistos con los que no contábamos.

Cuando sobreestimamos el poder de la razón, la previsión y la anticipación para evitar riesgos, sin querer caemos en una trampa que provoca la llamada «parálisis por análisis»: desmenuzamos todos los pros y contras, les damos vueltas y vueltas, y, al final, acabamos abrumados por tanta información y sin saber qué hacer.

Entonces, ¿cuál es la solución?

Caminante, no hay camino. Se hace camino al andar”, Antonio Machado

Adoptar una visión realista es lo que te va a ayudar a transitar los cambios y la incertidumbre que conllevan.

Es decir, por supuesto que es positivo planificar, pensar y anticipar las distintas opciones, pero también debemos saber que hay una parte en la que no podemos mantener el control hasta el final. Es como cuando uno juega al tenis: tu margen de control real está en pensar dónde quieres que caiga la pelota y entonces ver cómo la coges, qué fuerza ejerces con la raqueta y la dirección que le vas a dar, pero luego existen otros factores (las condiciones ambientales, los movimientos que haga tu contrincante…) que también van a influir en el resultado una vez que tú hayas lanzado.

Así que la estrategia que alivia esa «parálisis por análisis» es, precisamente, el movimiento y la acción. Pon un pie y luego irá apareciendo el camino sobre el cual podrás decidir sobre la marcha de forma más ajustada. Y esto es mejor, porque tomarás decisiones más oportunas y coherentes al estar sobre el terreno, viéndolo de cerca y a tamaño real, no con la altura y el dramatismo que solemos tener cuando nos refugiamos en nuestra parte mental.

Y tú, ¿en qué aspectos de la vida te cuesta más manejar la incertidumbre?

 

 

Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

Todos los relatos por:Elena González Morujo

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Elena González Morujo

Licenciada en Psicología, Neuropsicóloga clínica y Terapeuta humanista integrativa.

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